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Si yo fuera el jefe
Un día me cansé de esperar a que las decisiones fueran tomadas, me cansé de escuchar planes incongruentes con la realidad de mi empresa, de asentir con la cabeza cada vez que mi jefe me decía que yo no era nadie para opinar acerca del derrotero futuro del mercado y los planes de acción a seguir; en resumen, me harté de ser uno más de la manada... entonces cerré los ojos y comencé a trazar la estratagema para ser, por fin: EL JEFE.

Parece una idea descabellada, pero dígame, ¿nunca ha soñado con hacer escuchar su voz en el consejo directivo de la empresa?, o ¿ha imaginado cómo sería ser aquel que diga cómo y cuándo se hacen las cosas? Así, como lo haría cualquiera, tuve un sueño en el que lograba ser el jefe, mis prestaciones incluían tarjeta de la empresa (con gastos ilimitados), membresía en el club de golf, palco exclusivo en el estadio de fútbol de mi equipo favorito e incluso una camioneta ultimo modelo. Además, contaba con un equipo de trabajo de cincuenta personas comprometidas con la empresa y con mi plan de trabajo. Primero que nada, tuve la genial idea de implantar un modelo administrativo de autogestión, en el que cada quien tenía derecho a opinar y a implantar en su área todo aquello que le pareciera pertinente para el buen manejo de la empresa. Personas comprometidas, más libertad, más un jefe que sabía escuchar. ¿Qué más podían pedir? Y MI AVENTURA COMENZÓ Mi primera decisión fue hacer lo más cómoda posible la estancia de mis empleados durante las horas de oficina, contraté máquinas de refrescos, café y snacks para cada pasillo y cambié las incómodas sillas de escritorio por unas ergonómicas. Acordé con Recursos Humanos una convivencia familiar para los empleados y comencé la publicación de una revista interna dedicada especialmente a los niveles operativos de la empresa. En los niveles directivos fomenté la formación de grupos de discusión en los que se hablaría acerca de las tendencias de la industria y los posibles cambios que podían implementarse para no quedarnos atrás. Finalmente, implementé que cada empleado pudiera votar por cada decisión importante dentro de la compañía. Todo estaría en manos del trabajador, por ello me podía dar el lujo de pasar la mañana jugando golf o asistiendo a desayunos con otros ejecutivos de la industria. Así pasaron algunos meses, cuando de pronto comenzaron a verse señales alarmantes, nuestra participación de mercado se reducía, nuestros productos llevaban meses sin ser actualizados ni estudiados para saber en qué medida satisfacían al consumidor. La crisis se agudizaba día con día y nadie parecía haberse dado cuenta, a pesar de los avances en la gestión de la empresa. Para cuando pude actuar era demasiado tarde, al acudir a uno de los grupos de discusión observé que, después de todo, la democracia no era tan buen idea. Las decisiones tardaban mucho en tomarse, los grupos se dividían en bandos que obedecían a los intereses de las personas más influyentes de la empresa, los ejecutivos no escuchaban a los bandos contarios e inventaban excusas para no implementar los planes que no resultaban convenientes a sus intereses. Lo peor es que no había una voz que impusiera el orden. Por eso, nunca se decidía nada y mucho menos se estudiaba el mercado o el producto. Las máquinas expendedoras de los pasillos provocaban que las personas pasaran más tiempo comiendo y platicando en los pasillos que trabajando en sus escritorios. Fue entonces cuando decidí que debía salir de mi oficina y visitar los corredores para escuchar lo que ahí se decía. El consenso era que YO no hacía nada, que era un arribista que había aprovechado una oportunidad para ir “nadando de a muertito” y que lo único bueno que tenía era que no molestaba a la gente con supervisiones inútiles. Además, ya había algunos ejecutivos con ideas “geniales”, hablando con otras personas, haciéndose propaganda para suplantarme. Se imagina ¡suplantarme a mí, el creador de un nuevo modelo de autogestión en la empresa! ¡Era el colmo!, ¿porqué estaba la compañía inconforme si yo lo único que quería era tratarlos como personas y que su voz se escuchara? Totalmente enfadado, con la cabeza punzándome y con mi orgullo pisoteado, tome otra decisión: me convertiría en un tirano. A los tiranos siempre les va bien, los odian, pero los respetan, les temen y nunca se les contradice. Retiré las máquinas expendedoras, distribuí tarjetas para salir a fumar o al baño (sólo tres por día) y vigilé cada uno de los pasos de los empleados por medio de pormenorizados reportes de debían ser entregados a diario. Así, terminé sepultado entre un montón de papeles, tomando las decisiones sin escuchar a nadie, sin tomar en cuenta ninguna otra voz que no fuera la mía. Pero ya era tarde, la llamada del consejo directivo fue terminante: “Licenciado, debido a sus pobres resultados prescindiremos de sus servicios”. Recogí mis cosas, salí con una caja entre mis manos, por en medio de las miradas rencorosas de mis empleados. ¿Sabe?, jamás me sentí más feliz de despertar y ser un empleado más. Supongo que todo tiene un punto medio y aún me falta experiencia para poder distinguirlo. Por algo no soy el jefe. Fuente: http://www.ameri.com.mx/

 

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